Porción 05 Jaie Sara 5785

En la porción
"Jaie Sara" (Génesis 23), Abraham continúa siendo el protagonista en la Torá. A sus 137 años, enfrenta una de las experiencias más difíciles y profundas para un cónyuge. La mujer que siempre lo ha acompañado en las buenas y en las malas, la mujer que le ha dado una descendencia peculiar para el Señor, es reunida con su pueblo a sus 127 años.

No es la primera muerte en la ley, pero sí la primera vez que se define la palabra duelo. Abraham no está en shock ni en confusión; no experimenta enojo o depresión. Él simplemente se encuentra triste y lo demuestra estando de luto, para después adquirir un lugar especial para su difunta.

La porción no inicia definiendo que Sara murió; todo lo contrario, comienza hablando de la vida de Sara. Por lo tanto, en esos momentos difíciles, debemos recordar al ser querido por las experiencias que marcaron nuestra vida. Además, debemos reflexionar: ¿Qué he hecho en la vida? ¿Cómo seré recordado por mis seres amados?

Muchos piensan que serán recordados por los bienes que dejan. (Tanto tiempo viviendo en la tierra y nunca se preocuparon por comprar un terreno.) Sin embargo, el legado no se mide por las cosas materiales, sino por el impacto emocional y espiritual marcado en la descendencia. Una vida de amor, buen ejemplo y presencia constante son claves para ser recordado. He conocido la más grande impresión en el tiempo del que será recordado por toda la eternidad, Yeshúa el Mesías.

El amor y la integridad únicamente se pueden aprender del Dador de la vida. El Padre, desde la creación, le dio al Enviado esta tarea, y en la manifestación más pura de amor, primero nos enseñó a amar por medio de Su vida en nuestro rescate.

Una vida en pacto —es decir, una vida de obediencia y hechos basados en las leyes— es saber amar. La segunda tabla de la ley encierra el mandamiento de: "amar a tu prójimo como a ti mismo", mientras que la primera tabla nos instruye: "amar al Señor nuestro Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". Yeshúa (Jesús) en la tierra dijo: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama". ¿Qué impacto estamos dejando en nuestra descendencia? Y, más aún, ¿cómo seremos recordados por el Dador de la vida?

En Juan 8:56, Yeshúa recuerda de una manera especial la alegría de Abraham al saber de Su visita. Abraham debió recordar los momentos de felicidad con Sara, como el día del banquete por el destete de Yitzjak, así como los momentos de fe compartidos, como el día de la Akedat.

El tema principal del capítulo no es el luto; sólo tres versículos se dedican a este tema, mientras que muchos más se centran en la negociación para la compra de un cementerio. Comprenderemos que el tema principal es la vida.

A partir del verso cuatro, Abraham, ante los líderes de Jet, les comenta que es un extranjero residente en su tierra y les pide una posesión para sepultura. Deliberado el asunto, ellos, conscientes de su cercanía con Dios, le responden cediéndole la posibilidad de elegir la mejor de sus tumbas.

Abraham, haciendo una reverencia, vuelve a hablar: “Escuchadme y rogad por mí ante Efrón, hijo de Tzojar, para que me ceda la cueva de Majpelah en su valor en plata como posesión para sepultura.”

Efrón estaba presente en la audiencia junto con muchos otros de la ciudad, un lugar donde se resolvían este tipo de asuntos. Efrón dijo: “¡Escúchame! El campo te lo cedo, y la cueva situada en él también te la cedo.”

Abraham, nuevamente haciendo una reverencia, respondió: “¡Si quisieras escucharme! Yo ofrezco el valor del campo.”

Efrón entonces convino en un precio de cuatrocientos shekalim de plata. Abraham accedió, pesando la plata ante el auditorio.

De esta forma, se confirmó la posesión de Majpelah, que está frente a Mamré, ante el cabildo de los hijos de Jet. Y repite en el verso veinte: “Se afirmó, pues, la posesión del campo y de la cueva que en él había - para Abraham como posesión y sepultura - de manos de los hijos de Het”

Desde que se presentó Abraham ante el cabildo de Jet, ya tenía en mente lo que quería y cómo lo quería. Alguien sin un plan (sin el conocimiento) acepta lo primero que le ofrecen y, además, gratis; en este caso, eran las mejores tumbas de los líderes. Por lo tanto, esta compra no proviene de Abraham, sino del plan de Dios. Recordemos que Abraham es un profeta que escucha y obedece la palabra de Dios.

Desde que entró a la tierra, nunca se obsesionó por adquirir un lugar; hacerlo sería reconocer que la tierra le pertenece a Jet. Pero la tierra es de Dios, y Él la concede a quien quiere. La tierra no se obtiene con riqueza (a Abraham le sobraba riqueza); la Tierra o la Herencia se obtienen por el mérito en la vida, lo que llamamos una vida llena de amor, es decir, una vida en obediencia al pacto. Esa es la razón por la cual esta porción inicia con la vida obediente de Sara.

En Hechos 7:5, se dice que Dios no le dio a Abraham herencia en la tierra, ni siquiera para asentar un pie; pero le prometió que se la daría en posesión. En su vida mortal, Abraham no recibió ningún lugar como herencia; sin embargo, en el paso transitorio a la vida eterna, es Dios quien les concede aquel lugar llamado "Majpelah" como señal de la obtención de la herencia eterna por caminar en amor: a Sara, Abraham, Rivká, Yitzjak, Leah y Yaakov, los padres del futuro Reino eterno.

El litigio de Abraham con los hijos de Jet repite con frecuencia el verbo "oír", en los versículos 6, 8, 11, 13 y 15. Al iniciar su oración, dicen: "Escúchame". Este verbo, shamá, también se traduce como "obedecer". Que se repita cinco veces alude a la obediencia al pacto de Dios, dictado a Moisés y registrado en los cinco libros de la Ley.

Sin el conocimiento del verdadero amor (sin la Ley), estaríamos destinados a elegir lo que nosotros mismos consideramos "lo mejor". En la necesidad de Abraham, eso le fue ofrecido: algo fácil y gratis. Yeshúa dijo: "Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan". El pacto o los mandamientos de Dios no son el camino que muchos toman. Cuando más necesitados estamos, se nos presentan doctrinas que parecen "lo mejor, lo más fácil y sin esfuerzo". Pero, como Abraham, conocemos el plan y entendemos que no hay otra forma sino caminar en amor (obediencia a los mandamientos). Esto se refleja en nuestras acciones a la vista de todos, haciéndolos testigos para el día del juicio. Los hijos de Jet reconocen a Abraham como "un príncipe de Dios", pero eligieron "lo mejor para ellos" en lugar de la palabra de Dios reflejada en Abraham, y fueron juzgados en la cuarta generación.

Otra cuestión para meditar es: ¿por qué Abraham no trata directamente con el dueño del lugar? Pide a los hijos de Jet: "Interceded o rogad por mí". El verbo pagá tiene definiciones que van desde salir, llegar, arremeter, molestar, golpear y tocar la frontera, todas con el sentido de llegar a un tope, es decir, encontrar la solución. ¿Acaso no basta con la vida en obediencia al pacto?

En Génesis 15:13, le fue revelado a Abraham el exilio del pueblo, su esclavitud y aflicción. Por lo tanto, él conoce el pecado, la dura cerviz de su descendencia y la necesidad de encontrarnos con quien nos enseñará a amar en verdad, obedeciendo el pacto renovado de la Ley.

Efrón, hijo de Tzojar, cuyo significado es "cervatillo blanco" (H6082 y H6713), aparece solo en el libro de Cantares como metáfora del amor de Dios por Su pueblo y el anhelo del pueblo por Él, en una relación de separaciones y búsquedas.

El último capítulo y los versículos de Cantares 8:8-10 narran sobre una hermana cuya inmadurez no ha alcanzado la plenitud de su desarrollo, y expresan preocupación por su futuro y cómo protegerla o prepararla. (9) A través de la adquisición de dos virtudes, la hermana inmadura alcanza su propósito. (10) ¿Quién es el muro que ha edificado sus torres y que encontró la paz de la hermana? ¿Quién es el hermano que habla?

Con la parábola de un viñedo, se refleja el mismo tema en Cantares 8:11-14: (11) El rey Shelomó, administrador de un terreno fértil y valioso, lo entrega a cuidadores que deben rendir cuentas de su gestión. (12) Uno reclama en su tiempo que es su viñedo, repartiendo la plata producida al rey Shelomó y a los cuidadores. (13) Quien alcanzó el propósito tiene amigos atentos a su palabra, que escuchan su voz. (14) El amado que se fue como cervatillo sobre los montes de perfume.

¿Quién es el dueño del viñedo que reparte la producción? ¿Quién alcanzó primero el propósito, de modo que sus amigos estén atentos? ¿Quién es el cervatillo?

La viña y la hermana representan al pueblo de Israel. La muralla y la puerta que alcanzan el propósito construyen una torre o sitian con madera. Asimismo, al rey Shelomó le fueron dados los miles, y a los cuidadores los doscientos, representando la misericordia y la verdad, que son el testimonio de la redención del Mesías y de la Ley, ambos necesarios para alcanzar el propósito.

El hermano que edificó este evangelio y el cervatillo que lleva a las naciones la fragancia del incienso expiatorio es el Mesías Yeshúa.

Las letras hebreas de Majpelah: mem, kaf, pei, lamed, hei, en sus símbolos paleohebreos, definen al del pacto, hacedor, quien lo habla, enseña y expresa; es decir, aquel que ha alcanzado su propósito y cuyos amigos escuchan su voz. Majpelah es una de muchas profecías de la vida eterna.

El alto precio, definido por el mismo cervatillo en 1 Pedro 1:18-19, es la preciosa sangre del Mesías, dispuesta desde la creación, como la de un cordero perfecto de expiación por el pecado del pueblo. El valor de cuatrocientos alude a la letra "Tav". Siendo esta la última letra, representa lo último necesario: una marca para alcanzar el logro, "entre el cervatillo y la descendencia de Abraham". Un pacto renovado en el amor de Dios, a través de la sangre del Cordero. El amor que marca la obediencia al pacto.

El Cervatillo Blanco sobre los montes de perfume es este pacto renovado por el Mesías y enviado a todas las naciones como incienso de expiación, para devolvernos al pacto y a Dios.

En resumen, la porción "Jaie Sara" enfatiza la importancia de una vida vivida en pacto con Dios. El legado no se mide por bienes materiales, sino por el impacto espiritual y la obediencia al pacto divino. Siendo Mesías Yeshúa la culminación de este pacto, llevando amor, redención y esperanza a la casa perdida entre las naciones.


Shalom.



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